Un zumbido creciente, tan común de escuchar, y alguien que se va. Ya ni nos deteníamos a llorar; solo continuábamos en lo que estábamos, sin mirar atrás.
Una sombra alada, tan frecuente de ver, y uno que ya no esta. Alguien tome las herramientas huérfanas, y todo de vuelta comienza a marchar.
De un lado para el otro alcanzando el umbral del firmamento y volviendo a danzar, brillante en el cielo, como un punto blanco, se propone encandilar. Y de nuevo uno menos al momento de almorzar.
Dejar esta tierra en cual ángel de la muerte a muchos no les gustaría. Solo a mi la idea de cursar los aires comienza a cautivar.
En medio de la nada hay que trabajar para poder ser un comensal más, y aunque soy uno de los más jóvenes en este cenagal, la idea de en tan frío surco ponerme a caminar, me comienza a apenar. Solo un jarro de raíces y un trozo de pan, nos mantenía durante la labor despiertos y con algo de fuerza, mientras casi podía sentir como despegaba de la tierra y comenzaba a hender el cielo junto a tan increíble y perfecta ave y no volvía nunca más.
Día a día podía ver como se llevaba cautivos a los demás y reducía la manada cada vez más, pero en el lugar de estos entraban otros atrás y la manada volvía a estar normal. Nadie quería irse y se los llevaba igual, yo quería irme y me tenia que quedar. Por cada uno que se iba, por cada sombra majestuosa que sobrevolaba las alturas una pluma caía. Una pluma de metal de ningún color y de todos a la vez, filosa pero suave.
Todos la creían diabólica, proterva ..., pero yo encontraba algo más profundo en su ser, pero querían cambiar mi forma de ver.
Camino, de cual sepulcro zafral, tamiz del crepúsculo; salgo de mi paradero listo para trabajar; con los harapos puestos, frente al campamento tenia que empezar a buscar, el romper del pico sobre la tierra, húmeda y nauseabunda, causaba un fulminante vuelo de partículas sobre los alrededores, cavaba y cavaba pero no savia que tenia que encontrar, ya ni eso podía recordar, mucho menos mi antiguo hogar, ni mi antigua estirpe siquiera podía conmemorar, solo años de duro trabajo y ver como otros dejaban este lugar y yo seguía acá, con los pies enervados entre el barro y las rocas; con las mismas herramientas gastadas por el tiempo y el cansancio como mi ser, anciano entre los demás. Y cansado de esperar y cansado de trabajar y cansado de todo sin saber que amar, ni de que pensar ó en que creer ya sin nada para dar.Y de nuevo ese zumbido y la sombra y las plumas y otro menos y otro que se va y otro que ya no esta, un punto blanco en medio de la nada, donde nadie lo quiere y todos le temen, un ave con forma de mujer, con ojos profundos, una mujer con alas de ave, y yo sigo acá, muchos se han ido y se irán, pero ya entendí que mi lugar lo tengo que esperar, tal vez por creer, mi espera muy tarde rescindirá.
Randazzo, Marcelo Ezequiel